28 agosto, 2010

Dulce Tristeza

Hace poco leí la frase “La melancolía es el placer de estar triste”. La verdad me gustó y me causó un impacto considerable porque después de reflexionar sobre ello decidí hacer un escrito al respecto.

Debo admitir que me sentí identificado plenamente con la frase. Desde adolescente he aprendido a disfrutar de la melancolía que descubrí en ciertas situaciones cotidianas. Sentarme frente al río, caminar bajo la lluvia, mirar el cielo a través de la ventana de un automóvil, observar los tonos cálidos de ciertos atardeceres e incluso cavilar sobre la realidad del mundo en que vivimos.

Sin embargo ninguno de estos escenarios es precisamente triste, quizás el último, ya que depende concretamente del hecho de queramos ver el vaso medio lleno o medio vacío. La verdadera tristeza no nace de manera forzada en escenarios neutros, sino de situaciones que de verdad nos han alcanzado a tocar profundamente y que sin duda dejarán cicatrices en nosotros.

Entonces, si la tristeza proviene del verdadero dolor que sentimos… ¿Cuál es el placer de estar triste? Yo lo llamo equilibrio emocional. No todo es alegría en la vida, lo sabemos. Es por ello que la tristeza también permanecerá presente con nosotros, incluso si nos es difícil sentirla naturalmente porque no tenemos memorias dolorosas, trataremos de alguna forma de generarla cuando la necesitemos.

Muchas veces escapamos de las sonrisas y los abrazos para fundirnos en la soledad y las lágrimas forzadas. Las buscamos en la música, en el cine, en los libros, en los recuerdos, en los lugares sombríos, dentro de nosotros mismos. Todo con la finalidad de probar otros sabores a los que no estamos acostumbrados, de liberar cargas de una manera distinta, de sentir la otra parte de la vida.

Es por ello que creo en ese equilibrio emocional que debemos mantener en nuestras vidas. Por muy afortunada o desgraciadas que nos parezcan, siempre estaremos buscando detener nuestra balanza emocional disfrutando de las tristezas y alegrías que se nos presenten, y sino… generarlas aunque sea de manera superficial.

Porque si nos limitamos a solo éste par de situaciones opuestas, vivir no es solo reír, es también llorar. Y si en nuestras vidas hay más risas que lágrimas, absorberemos de mayor forma las pocas tristezas que tengamos para buscar ese equilibrio una vez más, y viceversa.

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